La vida llega y pasa y estamos tan alejados de la realidad como para enterarnos que va de pasada. Las lecciones vienen en diferentes tamaños, nos llegan de diferentes formas, colores y sabores. Algunas tienen el amargo sabor de la decepción, y son especialmente esas las que te sujetan a la realidad. Las cosas que convertimos en miedos, en inseguridades y que eventualmente se solidifican como huellas. Esas nunca se olvidan, dejan cicatrices que nos marcan la historia personal. Sin embargo son esas de las que más aprendemos, así que como cuestión de principios no puedo juzgarlas mal. Especialmente porque a raíz de ellas aprendemos a proteger el alma, y nos hacemos fuertes.
Las locuras ajenas a veces nos llegan a nuestra existencia y cedemos ante el paso arrollador de las oportunidades, de la lástima. Pero ante la transparencia de un Cuidador Supremo siempre somos sorprendidos hasta caer en la irreverente presencia de lo que simplemente no sirve.
Para mí todo está sujeto al principio básico del respeto y la dignidad… y me sorprende que ante el semblante algunos se confundan, y se le dispersen las ideas. Se coloca en cada día una esperanza para regresar a creer, hoy desperté a la realidad de que todo se me ha sido dado, pero no todo vale la pena.
Se intenta ser auténtico y leal a lo que uno es, algunos carecen de paciencia y se van, hoy se que su decisión de marcharse, alimenta mi alrededor porque la verdad es que no hacían falta. Siempre habrá quien pueda ver más allá, quien desee intentar lo verdadero y ajustarse a la realidad de ser simple y sobre todo de ser sensato, y actuar de acuerdo a una edad cronológica, no en base a un acto pueril.
Mientras tanto sigo preguntándome cómo es posible, y aunque no tengo respuestas, siguen llegando las lecciones con cara de cobardes, con presencia de inocentes, con equipo y maquinaria de promesas farsantes. Y lo mejor de todo es que se han ido y hoy este suspiro es solo porque me da alivio respirar la libertad.
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